Rasgos de personalidad

LA PERSONALIDAD (Parte1).


Todos tenemos una carga genética y una historia de aprendizaje y experiencias.

Esta carga genética y aprendizaje forman una manera de percibir, vivir las emociones y relacionarnos con los demás. Este patrón nos hace únicos y nos diferencia de los demás. Al llegar a la adultez, la configuración de este patrón personal y particular de vivenciar e interactuar con nuestro entorno y con los demás, se supone estable y consistente, llegando a constituir lo que denominamos personalidad.

La consistencia la aportan los rasgos de personalidad. Estos rasgos son patrones persistentes de formas de percibir, relacionarnos y pensar sobre el entorno y sobre uno mismo, que se ponen de manifiesto en una amplia gama de contextos sociales y personales. Podría decirse que la personalidad constituye la identidad personal ante uno mismo y los demás.

Una de las principales funciones de la personalidad es facilitar una adaptación óptima y saludable al medio. Las personas que poseen una personalidad sana son aquellas que manifiestan la capacidad de afrontar las situaciones de un modo flexible y desplegar conductas que promueven el aumento de la satisfacción general y el nivel de bienestar. Por el contrario, cuando las personas responden a las situaciones cotidianas de forma inflexible (rígida) o cuando sus interpretaciones y conductas dan como resultado un alto grado de malestar personal y una reducción considerable de las oportunidades de crecer y aprender, podemos hablar de un patrón patológico o desadaptativo de personalidad.

Otras funciones de la personalidad son:

  • Desarrollar un sentido de identidad coherente.
  • Establecer unas relaciones satisfactorias resolviendo los problemas de dominancia-sumisión.
  • Desarrollar un sentido de pertenencia o territorialidad.
  • Resolver los problemas de temporalidad que surgen ante la pérdida y separación.
  • Definir unos objetivos significativos de vida.

Cuando la personalidad está afectada en su globalidad y no parcialmente, se conforma el llamado Trastorno de Personalidad (TP). Los Trastornos de Personalidad se caracterizan por:

  • Patrones (pensamiento, emoción y conducta) estables independientemente de las situaciones, inflexibles y que no se modifican con el paso del tiempo.
  • Estos patrones causan un gran sufrimiento en la persona y en su entorno y el individuo que los posee no los identifica como causantes de su malestar (egosintónicos).
  • Provocan problemas a la hora de encontrar y llevar a cabo soluciones adaptativas a las tareas y situaciones de la vida cotidiana. El fracaso a la hora de adaptarse implica que la persona posea representaciones inestables y no integradas de sí mismo y los demás, dificultades interpersonales e incapacidad para desarrollar comportamientos prosociales y relaciones cooperativas.

El consenso actual desmiente la antigua perspectiva que asumía que los Trastornos de Personalidad no se podían tratar y, en el caso de que así fuera, se trataría de una intervención a largo plazo y con resultados pobres. Hoy en día, el tratamiento de elección para los TP es la terapia psicológica.

Existen numerosas terapias indicadas para el tratamiento de los TP, como la Terapia Cognitiva (Cognitivo-Conductual), la Terapia Dialéctico Conductual (Linehan, 1993), la Terapia de la Mentalización basada en la teoría del vínculo (Bateman y Fonagy, 1999), la Terapia de la Transferencia (Clarkin, 2007) y la Terapia de Esquemas. Se hace gran énfasis en la relación terapéutica como vehículo para la consecución de objetivos terapéuticos, al satisfacer de forma limitada las necesidades emocionales del individuo, el procesamiento de las experiencias negativas de la infancia, el trabajo experiencial para la activación de emociones y facilitación del cambio emocional, las técnicas cognitivo-conductuales y las técnicas relacionales.

Se ha demostrado también que los tratamientos psicológicos son más efectivos cuanto más largos sean y que a mayor severidad del TP, mayor será el tiempo de intervención.

Los esquemas disfuncionales o desadaptativos.

Son un concepto central en personalidad. Se definen como temas o patrones amplios, persistentes y que constan de recuerdos, emociones, pensamientos y sensaciones corporales. Hacen referencia al análisis de uno mismo y de las propias relaciones con los demás. Se van desarrollando durante la infancia y adolescencia, pero siguen elaborándose a lo largo del curso de la vida. Los esquemas pueden ser funcionales o disfuncionales de manera significativa. Podemos resumir las características principales de los esquemas en tres:

  1. Son universales porque todas las personas los desarrollan. Nos ayudan a entendernos a nosotros mismos, a comprender el comportamiento de los demás y los acontecimientos del mundo.
  2. Son estructuras cognitivas que funcionan como filtros que ayudan a las personas a interpretar y predecir el mundo. Son creencias, sentimientos y expectativas que nos señalan lo que puede ocurrir día a día. Implican un sesgo atencional hacia ciertos estímulos e información. Se conforman de recuerdos, sentimientos y emociones.
  3. Surgen de las necesidades emocionales que los individuos encuentran o no satisfechas en la infancia.

Las necesidades emocionales.

Son las necesidades que los niños necesitan encontrar satisfechas adecuadamente para convertirse en adultos autónomos e independientes. Generalmente, si estas necesidades se satisfacen adecuadamente, el niño desarrollará unos esquemas funcionales/adaptativos y si no se satisfacen de forma correcta, desarrollará unos esquemas disfuncionales/desadaptativos. Estas necesidades son universales y se componen de:

  • Los vínculos seguros con las figuras de apego (seguridad, estabilidad, alimentación, cuidado emocional y aceptación).
  • La autonomía, sentido de competencia y de identidad.
  • La libertad de expresar las necesidades y emociones válidas.
  • La espontaneidad y el juego.
  • Los límites realistas y el autocontrol.

Los esquemas se forman de la interacción del temperamento con las experiencias diarias del niño con los padres, hermanos y grupos de iguales, durante la infancia y adolescencia. Los esquemas que se desarrollan en los primeros años de vida son los más fuertes y, por regla general, la dinámica familiar del niño lo es todo para él. Posteriormente, a medida que el niño va creciendo, los amigos, el grupo de iguales, la escuela, los vecinos y la cultura,van adquiriendo mayor importancia,  pudiendo también ayudar a desarrollar o modificar algún esquema.

 CONTINUARÁ…

*Seguiremos hablando de los esquemas en nuestra próxima publicación. ¡Os animamos a leerla!

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