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Es momento de SER HUMANO: LA EMPATÍA


  • El ser humano está programado para conectar con los demás.
  • Los individuos más sociables tienen mayor probabilidad de sobrevivir.
  • El cerebro “lee” de forma rápida las emociones del otro y cuando alguno siente miedo, la emoción se propagaba entre todos y da lugar a las reacciones defensivas.
  • La empatía reúne tres elementos: reconocer los sentimientos del otro, sentirlos uno mismo, responder de forma compasiva.
  • En sociedad y haciendo uso de la empatía a nivel individual, somos más fuertes y saldremos adelante.

Nuestro cerebro

Está programado para conectar con los demás: y es que cada vez que dos o más personas se encuentran o se comunican, en sus cerebros se inicia una “danza emocional”. Algunas regiones cerebrales se activan, se segregan hormonas y ciertas conexiones neuronales se disparan. En su conjunto, esta “danza emocional” será más o menos armónica según el tipo de conexión existente entre las personas en cuestión. Ahora bien, a medio y largo plazo, estas relaciones sociales no solo irán esculpiendo la forma, el tamaño y el número de neuronas de cada sujeto, sino que irán influyendo silenciosamente en su personalidad, en su biología e incluso en su salud.

Podemos imaginar

Una especie tan frágil como la nuestra, el ser humano, enfrentada a la amenaza de ser devorada por criaturas enormes, salvajes y hambrientas. Si a algo le podemos atribuir el hecho de haber sobrevivido es a nuestras emociones y a la capacidad de nuestros antepasados para organizarse entre ellos. La evolución de nuestra especie responde al desarrollo complejo de nuestros cerebros y resulta razonable suponer que ese órgano haya desarrollado múltiples recursos para favorecer la comunicación con los otros y lograr la supervivencia de la especie. De hecho, observaciones científicas de los macacos han encontrado que los individuos más sociables son los que tienen más probabilidades de sobrevivir.

La capacidad

De detectar y comunicar a los demás la presencia de un peligro y transmitir de forma ágil las señales de alarma, es una cuestión de supervivencia. Sabemos que la respuesta evolutiva a esta necesidad consistió en dirigir la mente humana a la interacción continua con las “mentes” de los otros. Antes de que desarrollásemos el lenguaje verbal, el cerebro disponía de una serie de mecanismos para facilitar la comunicación entre individuos y poder diversificar la vigilancia del grupo ante las amenazas del entorno.

El proceso evolutivo

Logró este hito permitiendo que el cerebro de cada individuo “leyera” de forma rápida las emociones de sus compañeros y así, cuando alguno experimentara miedo, esta sensación se propagaba entre todos y daba lugar a las consiguientes reacciones defensivas de ataque o de huida. Los escáneres cerebrales han confirmado que la amígdala sólo requiere entre dos y tres centésimas de segundo para identificar las señales del miedo en el rostro de otra persona.

El neurocientífico

Giacomo Rizzolatti descubrió la existencia de las “neuronas espejo”, que reproducen las acciones que vemos en los demás y emiten un impulso para que las imitemos. Estas neuronas, nos permiten entender lo que sucede en la mente de los demás sin tener que apelar a la razón, sino a través de la simulación del sentimiento que identifican en el otro, del cómo se siente el otro. Algunas de estas neuronas se ubican en el córtex prefrontal, cerca de neuronas que controlan el lenguaje y el movimiento. Esto explica nuestro impulso natural a imitar las palabras y las acciones de los otros: “cuando sonríes, el mundo entero sonríe contigo”.

Las emociones son contagiosas.

En la interacción humana se produce un continuo feedback intercerebral, en el que el output de uno es input del otro. Los circuitos neuronales de una persona hacen que se mueva de forma inconsciente su musculatura facial, haciendo que sus emociones se expresen en gestos. Las neuronas espejo de quien lo observa garantizan que, al identificar en su rostro determinada emoción, pueda experimentarla en “su propia carne”. Esto significa que no sentimos nuestras emociones de forma aislada, sino que las personas con quienes nos relacionamos las experimentan con nosotros. Esta función cerebral nos permite “sentir” al otro de forma literal y por ello constituye la base neuronal de la empatía.

La empatía reúne tres elementos:

  1. Reconocer los sentimientos del otro.
  2. Sentirlos uno mismo.
  3. Responder de forma compasiva.

El motivo

Ya hemos explicado los dos primeros, y la neurología ha logrado encontrar una explicación cerebral del tercer elemento. Se observó que el contagio emocional no se limita únicamente a la transmisión del sentimiento, sino que prepara al cerebro para realizar una acción consecuente. Por ejemplo, ver a alguien asustado no sólo transmite el miedo, sino que activa el impulso a la acción. Cuando vemos a otra persona en problemas se disparan en el cerebro circuitos similares que generan una resonancia empática neuronal, la cual es el preludio de la compasión que nos lleva, por ejemplo, a acudir de forma automática en ayuda de un niño que grita. En otras palabras, “sentir con” predispone a “actuar por”. Mengzi, un sabio chino, tres siglos antes de Cristo afirmó que “la mente del ser humano no puede soportar el sufrimiento de sus semejantes”.

Experimentos

Realizados con roedores, macacos y bebés humanos, han puesto de relieve que las tres especies compartimos un impulso automático a dirigir la atención hacia otro que sufre, a sentir de forma semejante y a intentar ayudarle. Los estudios con seres humanos han ampliado esta conclusión para afirmar que cuanto mayor sea la atención prestada, mayor la capacidad de captar el estado interno de otro de forma clara, rápida y sutil. También se sabe que el ensimismamiento dificulta el establecimiento de la empatía e impide el surgimiento de la compasión.

Es momento de SER HUMANO,

de tomar conciencia y prestar atención al momento presente. Poner la empatía al servicio de la sociedad e intentar reconocer cómo se sienten las personas que nos rodean, sentir con ellos y actuar, en la medida de lo posible, en consecuencia. Para que algunos puedan hacer esto, es necesario que aquellos que sufren lo expresen sin reparos ni vergüenza. Pedir ayuda y comunicar a los demás la presencia de un peligro, el miedo, es una cuestión de supervivencia.

La crisis sanitaria y económica del COVID-19

Trae consigo una sensación de incertidumbre generalizada. No sabemos con certeza qué va a pasar, pero si sabemos lo que la ciencia nos revela acerca de nuestra naturaleza humana: en sociedad y haciendo uso de la empatía a nivel individual, somos más fuertes y saldremos adelante.

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